En su Ensayo sobre la contemplación artística (Eudeba, 1966), Jorge Romero Brest nos dijo: para experimentar una obra de arte, hay que dejar de lado del juicio y la preferencia. No nos dijo cómo. Sospecho que menos podría decírnoslo ahora, cincuenta años después, cuando el culto a la identidad, la endogamia y la repetición parecen haber burocratizado no solo la contemplación artística sino ya, directamente, la experiencia.

Ahogados en la tiranía de nuestras necesidades e intereses, nos es cada vez más difícil acceder a ella. Tanto, que a muchos la vida apenas puede tocarnos cuando estamos distraídos, con la guardia baja: viajando en un auto pago, mirando el tránsito por la ventanilla del colectivo, parados en una fila que no avanza, sentados al calor sofocante de una sala de espera.

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De Paolo Sorrentino (La gran Belleza, El joven Papa) me atrajo siempre su habilidad para que la grandilocuencia no se rebaje al contrapunto sino que funcione como potenciador del sinsentido, la apatía y la angustia de sus personajes.

Por ejemplo: Cheyenne, ese rockero retirado que compone magistralmente Sean Penn y que, probablemente, se haya basado –al menos en parte– en Robert Smith. El guión es tan preciso que por momentos desencaja; la composición roza la parodia: se desplaza con movimientos lentos, habla en una voz aguda que cada tanto deja escapar un suspiro risueño, se sopla un mechón de pelo que se le viene a la frente, arrastra una valija con rueditas que lleva a todos lados, usa unos lentes pequeñitos que recuerdan a la abuelita de Silvestre y Tweety… Es decir, está siempre en la cornisa del inverosímil, al filo del exceso, y sin embargo funciona. Cuando lo vemos en medio de un concierto de David Byrne viviendo el clímax de su arco argumental, a punto de que algo en él cambie para siempre, conmovido hasta las lágrimas mientras todos a su alrededor bailan This must be the place (la canción que le da nombre a la película), le creemos.

Las películas de Sorrentino logran algo de lo que buena parte del esnobismo cinéfilo contemporáneo reniega: encantarnos.

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Primero fue una fragancia. Notas de florales, dulzonas, con un toque cítrico. Después fueron las luces de neón: blancas, rojas, azules y hasta violáceas en lugares estratégicos (la fila única de cinco asientos, arriba de los parasoles, debajo del volante). Luego, en uno de esos silencios que sobrevienen de pronto, apareció, lejano, el solo de saxo de Maneater, de Daryl Hall & John Oates. Por último, cuando toqué el timbre, acostumbrado a los estruendos habituales (incluso a la chicharra insoportable de la línea B), mi cuerpo se preparó para una trompada pero recibió una caricia. Alguien, ojalá que el chofer (cuya cara todavía recuerdo, mezcla de Lambetain y Ray Bradbury), había instalado una campana alternativa que sonó como un estruendo asordinado, como si algo muy pesado rebotara en un colchón de goma. Una frecuencia que todos escuchamos pero que a nadie llegó a molestarse: una delicia.

En este humilde acto, quiero expresar mi admiración a todos los responsables del mantenimiento del interno 57 de la línea 71.

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Justo ahora que me estoy por mudar, encuentro este archivo con un sueño que tuve la última vez que pasé por esto. Dice así:

Después de un tiempo de sentir, de a ratos, un olor acre, tenue pero desagradable, mientras saco una bolsa de basura encuentro debajo del tacho el cuerpecito tieso de un gato. Es negro y del tamaño de la palma de mi mano, pero no es cachorro. Lleva, atada con hilo sisal fino en el cuello, una bolsita de tela que le cubre la cabeza. Por alguna razón, su descomposición se mantiene inconclusa. Le atribuyo al gato algo más que la causa del olor: descubro que se trata de un trabajo. Y aunque puedo no ser su destinatario original (me mudé hace menos de un mes), pienso que el trabajo seguramente esté ligado a la casa y, por extensión, ahora, a mí. Me despierto con la sensación de haber entendido algo relevante, importantísimo, que sin embargo no puedo expresar.

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Me toca ir a visitar a mis padres. Así es como le llamo a la visita higiénica que hago, cada tanto, para mejorar en algo su calidad de vida hasta que PAMI nos habilite la vacante de un geriátrico que esperamos hace meses. Mi ánimo generalmente oscila entre el deseo de que no existan más y un amor tan doloroso que, atrincherado en el hacer, evito sentir a como dé lugar. Pero en las últimas semanas algo parece estar acercándome a ellos más de lo habitual (siempre nos unió lo malo: la enfermedad, la angustia, la crisis). En algún momento eso va a explotarme adentro, ya lo sé. Pero sentir es algo que no puedo permitirme ahora.

Hago el viaje de siempre: línea B hasta Malabia, 110 hasta la estación Metrobús de Juan B. Justo y San Martín. Parado al lado de la puerta de atrás, me mando mensajes con mi hermana. Levanto la mirada una vez. Una vez en todo el viaje. En el asiento central de la última fila, en la contratapa del libro que abraza una mujer profundamente dormida, leo: con el multinivel usted puede escapar de sus problemas económicos.

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Termino esta primera columna, debutando en un formato en el que no sé si creo pero al que en este momento debo aferrarme con convicción animal, en el café Güemes (que no está en la calle Güemes sino en Acuña de Figueroa).

Entra un tipo. Pregunta en la barra si puede pasar al baño. La mujer que trabaja detrás del mostrador le dice que sí. El tipo se pierde escaleras arriba. El mozo, que hace un momento me trajo un café con medialunas, empieza a gritar: que no puede pasar, que hay gente trabajando en el baño, que no se puede subir. El tipo, promediando el descanso, se da vuelta. Mira al mozo. Hay un momento raro, un hiato. Pienso que seguramente se trate de un conocido, de un habitué al que le mozo le debe estar haciendo alguna broma. Pero no. Empieza una discusión: el mozo insiste en que arriba hay gente limpiando, en que no suba. El tipo sube. El mozo increpa a la mujer del mostrador: que por qué lo dejó pasar, que este tipo viene siempre, que deja el baño todo sucio, que el otro día estuvieron media hora para limpiarlo, que no hay que dejarlo pasar nunca más. Después de un rato, el tipo baja las escaleras y, sin mostrarse afectado por lo sucedido, pasa por el mostrador y le dice a la mujer: no había nadie limpiando. Después pasa delante de mí. Lo veo cruzar la puerta, impertérrito, con el orgullo de la misión cumplida y el descaro de quien no tiene entre sus cejas nada más que su necesidad.

Así habría que escribir.