Nuestra cultura valora y defiende demasiado algo sobre lo que no se suele pensar lo suficiente: tener un plan y ejecutarlo. Circunscribir todos los órdenes de la vida a una meta prestablecida: trabajar para algo y no parar hasta lograrlo. Suele elogiar también, siempre hambrienta de mesías, la convicción, la ambición, la coherencia fatal que lleva a «morir en la propia».

 

Un individuo se propone ir de A a B. Diseña un plan para cumplir el objetivo: investiga los requisitos necesarios para llegar a B y lo que tiene que aprender para desenvolverse con soltura. Digamos: se entrena. Transita el mundo sin distraerse con nada que pueda entorpecer su camino. Se va volviendo marcial, militar. Llegar a B se vuelve lo único que importa. Se contenta con la repetición y la disciplina. Cree en la evolución, en que la suma del paso del tiempo y una voluntad férrea deviene en perfección. Mantiene cerca todo lo que le sirve y aleja y rechaza todo lo que le despierte el más mínimo cuestionamiento. Sus ideas se radicalizan, adquieren la potencia atroz necesaria para impedir el paso de la duda. Se vuelven ideología, corpus argumental que enmudece el trueno interno de la muerte. Intervenida por una distancia monástica que favorece el relativo anonimato, el vínculo con las personas se enfría. Se vuelve una puerta giratoria por la que se entra y se sale sin consecuencias ni responsabilidades.

 

«¿Por qué los secuestradores prosperan? ¿Por qué sonríen los diputados? Tienen plan. Vos no tenés plan.», escribió el poeta cordobés Vicente Luy, que se tiró de un séptimo piso mientras le mostraban un departamento en una guardia inmobiliaria.

Cuando hay una meta suprema, ulterior, cada acción que se emprende en el trayecto que separa a A de B adquiere la condición de medio, de tarea pendiente: algo que se tacha después de hacerse, una obligación.

El plan corrompe el alma: la circunscribe a lo posible, la endurece en el trabajo, la hunde en la apatía endogámica del oficio.

 

Los mejores años de no pocas vidas se van en esa vaina. Se entiende: el desamparo puede ser insoportable. Pero no hay escapatoria: todo plan es momentáneo. Tarde o temprano llega el momento de enfrentar el crimen, ese remoto homicidio en lo ajeno del uno mismo, esa costumbre de vivir con algo muerto adentro.
Y no siempre queda resto.


Texto publicado originalmente en Centro Hausa