The Bear es una serie de ocho capítulos de media hora que cuenta la historia de Carmen Berzatto (Jeremy Allen White), un joven y prestigioso chef que pasó de ser el responsable del mejor restaurante del mundo a dirigir «The Original Beef of Chicagoland», la sangüichería de barrio que su hermano Mikey (Jon Bernthal) resolvió dejarle en herencia antes de pegarse un tiro en la cabeza.

La mayor parte de la serie transcurre en esta cocina urgente, inexplicablemente endeudada con el tío Jimmy (Oliver Platt) pero que debe responder a diario (mediodía y noche) a la fuerte demanda carnívora de la clase trabajadora y el lumpenaje drogón del bajo Chicago.

El conflicto manifiesto queda planteado cuando Carmy decide imponer un nuevo menú que amplíe el paladar de su público. Para eso, contrata a Sydney (Ayo Edebiri) y se apoya en Marcus (Lionel Boyce), que después de conectar con el recuerdo adormecido de una dona que lo había deslumbrado de niño, trasciende su rol de hacedor de postres para convertirse en el pastelero del boliche. Del otro lado, lo enfrentará la resistencia tradicionalista del primo Richie (Ebon Moss-Bachrach) y la matrona Tina (Liza Colón-Zayas), que vivirán cada intento de cambio como una imperdonable traición a la familia.

El nudo latente, que sobrevuela toda la serie hasta el mismísimo final de temporada, será la ausencia de Mikey, la misteriosa designación de Carmen para sucederlo (a quien, en vida, le había negado toda participación en el negocio) y el derrotero de deudas que se cifran en un cuaderno de gastos repleto de enigmáticas siglas.

En The Bear nadie nos explica nada. Nos involucran en una historia que ya estaba sucediendo antes de que empecemos a mirar. Las pocas oportunidades en las que los guionistas se ven forzados a introducir datos, lo hacen de manera sutil, con técnicas conocidas pero aplicadas genuinamente. Así, como si se hubieran propuesto seguir los consejos de Juan Carlos Onetti («Cuenta como si tu relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes»), componen una atmósfera intimista muy bien lograda.

Este clima, cuya consecuencia más venerable es no infantilizar al espectador, en parte tal vez se deba a que tanto Allen como Edebiri pasaron por una dura formación en el Instituto de Educación Culinaria de Los Ángeles, mientras que Boyce estuvo en Copenhague estudiando con Richard Hart (el panadero de Noma, el prestigioso restaurante de René Redzeppi, que es referido en la serie y del que se puede ver un libro en más de un episodio).

Si bien la ciudad de Chicago no está tan explícitamente presente como Baltimore en The Wire o New Jersey en The Sopranos, hay algo. Algo que tal vez nosotros no podamos del todo «decir» (dada nuestra sudamericana ajenidad) pero sí podemos sentir o intuir: que hay algo con Chicago (y con el oso, que es, entre otras cosas, la mascota del equipo de fútbol local) que atraviesa toda la trama, convirtiéndola en una protagonista tácita pero de cierta relevancia estética; que ese algo se expresa, por ejemplo, en los separadores entre escena y escena, que retratan medios de transporte, edificios, callejones, autopistas y puentes al inicio y al final de la jornada laboral; y que ese algo, narrativamente, bajo la forma de breves secuencias poéticas musicalizadas con un gusto exquisito (Wilco, Van Morrison, Genesis, John Mayer), aporta una pausa en la que el tenor dramático de lo que estuvimos viendo (puro vértigo y acción) cae por su propio peso y se incrementa capítulo a capítulo.

Uno de los puntos más altos de la serie es el capítulo siete: una pieza de dieciocho minutos rodada en una sola toma que se filmó cinco veces y en la que todo está siempre a punto de irse al carajo. Los productores informaron que usaron el cuarto intento aunque según los directores (Christopher Storer y Joanna Calo) se podría haber usado tranquilamente el primero.

The Bear levanta la vara. Es un producto que recuerda la era en que las series se hacían para ser vistas por televisión y en lugar de aspirar a la tiranía endogámica del nicho, ambicionaban el gran público.

La mala noticia es que tiene confirmada una segunda temporada. La primera es tan buena, su final es tan inesperado y repentino (aunque orquestado desde el inicio), que nuestro deseo hubiese sido que termine ahí, con la vara bien alta, porque sospechamos que será muy difícil igualar o superar este debut. Pero nunca se sabe.

Ojalá nos equivoquemos.


Publicado originalmente en Chelsea Hotel Mag