Ahora que vivo en Balvanera ando seguido por Congreso, un barrio al que estoy ligado desde la infancia: mi abuelo vivía en Alsina y Entre Ríos (era encargado de un edificio en cuya terraza pasé mediodías y navidades muy felices), después de su muerte mi abuela y mi tía vivieron en Sarmiento y Callao, y mis años de formación (en la vida y la escritura) sucedieron entre Rivadavia, Corrientes, Pueyrredón y el bajo.

O sea que transito a diario un paisaje que me vulnera, me sensibiliza. Sin embargo, diría que más que a recordar, me obliga a sentir. Un mood tan involuntario como oportuno para mitigar el impacto de la atrofia espiritual que me circunda.

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Cuando me cruzo con algo que me sacude, que me interpela, trato de investigar y profundizar todo lo que puedo. No sucedió tantas veces: X-Files, Evangelion, Cerati, Fogwill. Al Pacino.

Conocí a Pacino en El abogado del diablo y de inmediato me puse a ver todo lo que había hecho. Todavía creo que la escena de la muerte de Sofía Coppola en El padrino III es uno de los picos de la actuación universal: ese grito que arranca mudo y escuchamos recién después de una pausa, como si hubiera sido necesario tomar aire para alcanzar el grado de dolor que tenía que expresar Michael Corleone con la muerte de su hija. Sin embargo, la película que más recuerdo es The Local stagmatic, esa extraña pieza de teatro que se filmó en un par de secuencias y que está basada en una obra de Heathcote Williams.

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Fui dos fines de semana seguidos a Niceto. El primero a ver a Barco, una banda de pop/rock con alma ochentosa pero lo suficientemente inclasificable como para no haber sido reducida –todavía–a mercancía de exportación.

Su show, si bien fue muy superior al último que había visto un par de años atrás, se pareció más a una juntada de amigos que a un concierto. Demasiado goce, mucho agradecimiento, cierta desprolijidad, un reparto de invitados de performances desparejas y el público más bien boludeando.

A pesar de todo, volvería a verlos.

Aleto Álvarez, el cantante, tiene algo. Pero –lamentablemente– puede que no lo sepa. Cada vez que se soltaba y hacía alguna cosa fuera de los papales (como rapear en la parte instrumental de un tema, estirar la melodía vocal de ciertos versos o cambiar el género de algunos pronombres) y el público entraba en su onda, por alguna razón, Aleto cortaba el flow en seco.

Metele que son pasteles, Aleto: los que estamos abajo preferimos el pifie sanguíneo antes que el profesionalismo tímido.

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Heathcote Williams fue uno de esos tipos cuya biografía puede ser reducida a infinitas enumeraciones rándom sin el más mínimo peligro de deshonra. Por ejemplo: descubrió una nueva especie de avispa productora de miel en La Pampa, fue mago y miembro del Círculo Mágico, se inmoló intentando comer fuego en la puerta de la casa de una novia, ayudó a crear la República Libre e Independiente de Frestonia (un país anarquista en Notting Hill que supo emitir sus propios pasaportes), fue autor del último track de Broken english (1979), el disco más famoso de Marianne Faithfull, y apareció en el último episodio de la cuarta temporada de Friends (un réquiem para Mathew Perry, de paso).

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Viernes, cinco y media de la tarde de un viernes de Octubre. Camino por Rivadavia para el lado del río, trayectoria opuesta a la del sol, que se pone atrás de mí y calienta de más el elastano de mis pantalones. Me cuesta tragar la Andes que llevo en la mano y que abrí solo para saciar esa estúpida necesidad de tener algo en la mano. El plan es llegar a la plaza.

Cuando se abre un poco el cielo, dejando atrás los edificios más altos, y alcanzo a ver parte del Monumento a los dos Congresos, entra el bajo de El 38 en mis auriculares. La canción explota con una intensidad que nunca antes había percibido.

Uno de esos momentos cinematográficos (que probablemente tenga algo de adiestramiento cultural) en que sujeto, ciudad, naturaleza y cultura se funden en un instante único y personalísimo que también involucra a la Historia.

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The local stagmatic empieza con el personaje de Al Pacino indignadísimo, contando la historia de cómo en el galgódromo alguien le había dado una supuesta fija (Hermosa de Seldon 20 a 1) que terminó por dejarlo sin nada. Sentado a una mesa cerca de una ventana de la casa que parecen compartir (y que por alguna razón me recuerda a Desde mi estudio, de Fortunato Lacámera), Paul Guilfoyle lo escucha sin decir demasiado.

Después de un rato, salen a vagar por una Londres solitaria, medio vacía y completamente lumpen.

El destino errante de esa excursión será una muestra, aunque por momentos demasiado siniestra, de algo que cada vez parece más lejano: pasar tiempo con otro. Un tipo de intimidad con matices de violencia que nos acostumbramos a rechazar demasiado y que acaso fuera la contracara involuntaria (¿inofensiva?) de estar con otros, de pasar tiempo juntos.

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El segundo Niceto fue para Marina Fages. Un concierto tremendo: potencia, sonoridad y una precisión que no me esperaba. Los tonos más metaleros de su envidiable amplitud vocal y la contundencia de su banda fueron la mejor continuidad posible para lo que había pasado dos horas antes, cuando con unos amigues nos habíamos juntado a hacer puerta: esa especie de ritual rockero que consiste, básicamente, en tomar cerveza en la calle. Personas solas, parejas y grupos de amigos y amigas que, aunque no necesariamente se vinculen entre sí, comparten la difusa certeza de estar allí por una misma causa.

Estábamos todos medio rotos: Romi y yo lidiábamos con lo peor de la mudanza, Darío recibía en vivo noticias del delicado estado de salud de una prima cercanísima de su hija, y a Nicolás y Jimena les había pasado lo inimaginable: los padres de Nico habían tenido un accidente en la ruta 51: la madre había fallecido y el padre estaba en terapia intensiva.

Tomamos, reímos, vimos el show y deambulamos semi–inconscientes mirando vidrieras hasta llegar a Angelin, donde hablamos de un supuesto matrimonio entre la anchoa y el boquerón (al estilo del que componen la morcilla y el chorizo) y nos intoxicarnos de porteñismo.

Quiero decirle a todos los involucrados en esa noche que son importantes.

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La vulnerabilidad, el estar disponible, aumenta la precepción y la intensidad de las sensaciones, sí. Pero en todos los sentidos.

Un rato antes de haber divisado el monumento había estado caminando por Rivadavia al mil novecientos, mano izquierda, dirección al bajo. Deambulaba entre muchas personas que iban y venían a una velocidad y en una cantidad abrumadoras. En cierto momento noté que la persona que tenía delante era la misma hacía bastante: una piba caminaba con una pendularidad que parecía provenir de alguna falla motriz pero que también podía deberse a una ligera alteración de su consciencia. De pronto se dio vuelta y miró en mi dirección. Su movimiento fue tan repentino que primero pensé que estaría buscando a alguien que, detrás de mí, tal vez la hubiera llamado. Después entendí que no. Y la miré.

Un ojo de vidrio, celeste como esos océanos que nunca voy a conocer y fijo como un cuarzo sin extraer, apuntó su falsa pupila directo hacía mí.