Sangría (2023, Editorial Rapallo), el cuarto libro de Martín Gambarotta (Buenos Aires, 1968), es una colección de poemas, en su mayoría breves, cuyo enunciador varía entre una segunda, una primera y –más hacia el final– una tercera persona. La alternancia entre estas voces está marcada por un registro impersonal (entre filosófico y abstracto) que, a diferencia de Punctum, ese libro–hito de Gambarotta publicado en 1996, parece cifrar un enunciatario más ligado al campo literario que al político. No es que Punctum no lo tuviera (recodemos sino los siguientes versos: que los demócratas se queden / con la narrativa actual) sino que aparece más manifiesto ahora, después de la reinvención de la industria que trajo el fin de siglo. Reinvención que, de más esta decir, sucedió en todos los aspectos de la cultura, como puede verse, por ejemplo, en Beautiful losers (Joshua Leonard, 2008), esa película que cuenta cómo un grupo de artistas marginales ligado al skateboarding y el grafiti, ni bien devino en movimiento (es decir, en generación) fue asimilado a fines de los noventa por una industria publicitaria que pronto comenzaría a fagocitar creativos a mansalva.

Como en otros de los textos del autor, hay una serie de reincidencias, de repeticiones: un pastillero con forma de calavera, jarabe negro, sangre fría, el cementerio de Chacarita, un cubo de hielo, un vaso de vino, una noche de seis lados, un león de plástico, un rifle, dardos tranquilizadores. Las palabras aparecen, dejan algo, se van y, cuando vuelven a aparecer, traen algo más. En un tire y afloje que remite a la dinámica de la pesca, cada vez que el pez dorado del sentido parece perderse río abierto, las palabras, esa tanza que el poeta sabe tensar, tiran del paladar del lector para devolverlo a un libro del que, al final, saldrá distinto.

Sangría asume el malestar de la cultura, esa tensión entre el rechazo y la pertenencia, el deseo de estar pero no a cualquier precio. En ese sentido, a partir de versos como la manera estigmatizada / de tomar el vaso después / de haber sido estigmatizado / por los amigos / de la selva se puede deducir una noción de estilo que limita no solo al texto sino también al autor: la cárcel que impone la lectura de los otros. Después de publicar, por un momento, el autor ya no está solo –porque es leído– pero más pronto que tarde descubre otro tipo de soledad: la que le provoca el estigma de la comunidad, que siempre pone el ojo –y la bala– donde no corresponde. El poeta es siempre un solitario, incluso cuando se lo hace pertenecer a una generación, como lo expresó Leónidas Lamborghini en El solicitante descolocado (Ediciones de la flor, 1971): mi pobre especie / son / los no antologados.

Con este libro, Gambarotta –cuya última publicación había sido una plaqueta de 2011– sigue rechazando todo studium. Es decir, abomina de todo ruido. Ruido que ni siquiera aparece en sus presentaciones, en las que se lo escucha siempre concentrado en mantener la neutralidad tonal necesaria para que el corte de verso siga siendo, en cada lectura, un salto al vacío. Su voz no anuncia los cortes, no precipita las palabras hacia él: se las rebusca para que las palabras solas sean las que, con cada pronunciación, lleguen al corte.

Con Puctum Gambarotta fue reconocido por sus pares y buena parte del campo literario. Fue rey, profeta y mito. Pero no fue asimilado. Como en vez de ponerse ahacer cosas de escritor se dedicó a preservar el instrumento, quedó afuera de la fiesta. Y en Sangría, esa soledad, que no parece ser –solamente– literaria, se manifiesta como una elección y una condena, paradoja propia del que la asume sin sublimarla. Como si repitiera, con cada poema, para quien quiera escucharlo, esos versos de Juan L. Ortiz: hermanos míos, no puedo estar en esta fiesta amable porque / sé de qué está hecha.

Gambarotta es el Bartleby de su generación, el que no solo prefirió no hacerlo sino el que, además, no lo hizo.

Si pensamos que (descontando artículos, preposiciones, adverbios y demás comodines) sangre es una de las seis palabras que más se repiten en Punctum; si recordamos la presencia de Hielo, ese personaje que deviene cosa, hielo que se derrite en nada, versos de Sangría como Donde ahora hay un poco de agua / hubo un cubo / no es el cubo de lo que hubo /es lo que hubo al cubo pueden leerse como declaración, un manifiesto, una toma de posición y una amenaza que paraliza por un momento la tiranía del hacer a la que quedó sometida la industria literaria después de los noventa: guarda. Guarda que parece que no estoy pero estoy. Estoy vivo. Estoy vivo y escribo. Estoy vivo, escribo y mis libros son obras literarias, obras de arte.

¿Y los de ustedes?


Publicada originalmente en El Diletante