Severance empieza con Helly (Britt Lower) despertando sobre la clásica mesa de reunión de equipo, de esas que tienen un parlante en el centro. La voz que la saluda del otro lado es la de Mark Scout (Adam Scott), el recién promovido jefe del sector de Macrodata de Lumon Industries. Helly no lo sabe pero llega para reemplazar a Petey (Yul Vasquez), quien ocupara la jefatura antes de desaparecer en circunstancias desconocidas. El equipo ahora liderado por Mark se completa con Irving (John Turturro) y Dylan (Zach Cherry). Hay otros dos personajes clave, reservados para los actores de mayor trayectoria: Patricia Arquette es Harmony, jefa directa y vecina de Mark; y Christopher Walken es Burt, empleado de un sector enemigo de Macrodata.

Mark, el personaje principal, es un oficinista viudo que tiene dificultades para vincularse, toma alcohol cada vez que puede y se implantó un chip que, durante su horario laboral, le impide recordar quién es. Así, Lumon Industries, empleador y responsable del implante, lleva al extremo el sueño de la productividad absoluta: crear una identidad sin biografía que no traiga a la oficina los problemas de casa. Aunque con varios detractores, la oferta de Lumon atrae a mucha gente que, como Mark, no soportael peso de su existencia, y decide apagarse nueve horas al día. De paso, Lumon se garantiza una confidencialidad total: cuando abandona el edificio de oficinas, ningún empleado recuerda lo que hizo.

El conflicto inicial es doble e implica (tanto dentro como fuera de la empresa) la otredad, eso que siempre desata la llegada de alguien que viene de otro lado: Afuera, queda planteado cuando Mark recibe la visita del (adentro) desaparecido Petey (a quien, recordemos, el Mark de afuera no conoce); adentro cuando Helly no puede ni quiere adaptarse a ser alguien que existe nueve horas al día (y, de a poco, comienza a contagiar su resistencia).

La amenaza a la estabilidad de Lumon y el nudo de Severance comparten un triple origen: la renuncia de un líder masculino (Petey, que decidió probar un método alternativo para volver a unir sus identidades); la intransigencia de una empleada que, incluso después de escuchar a su yo de afuera negándole toda entidad en un video (yo soy una persona, vos no) está resuelta a renunciar; y el affaire entre los personajes de Turturro y Walken, cuyo irrefrenable crash inaugura una serie de intercambios ilegales entre dos sectores que, hasta el momento, se odiaban.

Sin menospreciar al casting (impacta la afinidad entre caras y personajes) ni las interpretaciones (nadie da de más, nadie da de menos), el clima incómodamente adormecedor de Severance se debe a la coincidencia estética entre sus aspectos visuales y sonoros. La oficina de Macrodata tiene cuatro computadoras de escritorio de diseño setentoso, y un mobiliario aséptico y minimalista. Los pasillos, que siempre parecen terminar en el ascensor (el nexo entre el adentro y el afuera) cruzan la burocracia kafkiana con la higiene del Discovery 1 de 2001: Odisea del espacio. Y la melodía hipnótica del opening (variando el tempo y los instrumentos según lo sugiera la trama) es el principal soundtrack de cada capítulo.

Severance es una inquietante reflexión sobre cómo se disuelve el libre albedrío cuando se intenta gerenciar la identidad. Es una crítica a las prácticas laborales que fingen preocuparse por el bienestar del trabajador cuando lo que quieren es optimizar su rendimiento. Pero también es un ensayo sobre la domesticación a la que todes, en mayor o menor medida, con o sin chip, sometemos al deseo. Porque Severance se pregunta si es posible mantenerlo atado (garantizarse una vida productiva suprimiendo cualquier atisbo de negatividad), lleva al paroxismo el tema del doble e, incluso, aborda tangencialmente la cuestión del inconsciente: sus personajes quedan expuestos al malestar de saber que en sus cuerpos habita alguien que no conocen.

A su modo, la serie también se involucra en el núcleo de los debates contemporáneos: Harmony es una jefa que sufre, una matriarca que además de su doble responsabilidad (ella no está separada, es la misma adentro y afuera) toma decisiones de las que no siempre se entera la junta (una voz siempre masculina); Helly, la única mujer del sector, le plantea a Mark que no vino a ocupar el lugar de “jefe y amigo” que el hombre-líder anterior dejó vacante (no vino a continuar nada, vino a romper); y la irresistible atracción entre Irving y Burt abre una grieta, un pasaje a través del cual empieza a filtrarse (motivada precisamente por el deseo) la duda.

La primera temporada de Severance tiene nueve episodios y Apple ya confirmó su continuidad. Por su parte, tanto el creador y escritor (el debutante Dan Erickson) como los directores (Ben Stiller, 6 episodios, y Aoife Mcardle, 3 episodios) dicen tener material listo para dos temporadas más.


Publicado originalmente en Chelsea hotel Mag